¿Alguna vez actuaste en medio del caos y después no supiste explicar por qué? Yo sí. Y no fue valentía: fue el piloto automático gobernando donde mi cabeza racional debería haber estado.
El día que la tormenta decidió por mí
Hace un tiempo manejaba para Uber en Montevideo cuando de repente el cielo se abrió. No era lluvia: era una violencia de viento, ramas volando, árboles cayendo sobre cables, autos, casas. En pocas cuadras, la calle se convirtió en un escenario de película de desastre.
¿Y yo? Seguí manejando. Esquivaba ramas, tomaba desvíos, resolvía obstáculos como en un videojuego. Pero no era un juego. No estaba evaluando el peligro real. Mi cerebro había entrado en modo túnel: solo quería salir del paso. Nunca me pregunté lo obvio: ¿Por qué no paro el auto y busco refugio?
Al llegar a casa, con la calma de las noticias de fondo, reconocí la verdad incómoda: había sido imprudente. No fue coraje, fue dejar que la tormenta decidiera por mí. Porque cuando el miedo nubla el juicio, el piloto automático toma el control. Y el piloto automático no piensa: reacciona.
La lección que cuesta admitir
Ahora, con la distancia, es fácil decir: “Lo lógico habría sido detenerme”. Pero en el momento, la lógica no estaba al volante. Mi mente racional había cedido el mando a la supervivencia inmediata.
La pregunta que me quedó es simple: ¿Qué habría pasado si, en una tarde tranquila, me hubiera dicho a mí mismo: “Si el viento tira árboles, me detengo”? No habría dudado. Pero como no tenía ese criterio preparado, la crisis decidió por mí.
¿Y vos? ¿Tenés reglas claras para cuando el mundo se desordena, o dejás que el pánico elija el camino?
El resto de la historia —y cómo prepararte antes de que llegue la próxima tormenta— está en el episodio 6 de La Pausa.
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Documentación
Sin fuentes externas — experiencia propia.
