El problema de la aversión a la pérdida se vuelve peligroso cuando se combina con lo que los economistas Shlomo Benartzi y Richard Thaler llamaron en 1995 la miopía de la pérdida.
La miopía, la de toda la vida, es cuando el ojo ve nítido de cerca pero no logra enfocar bien lo que está lejos. Benartzi y Thaler tomaron esa misma imagen para explicar algo que nos pasa al decidir: cuando evaluamos nuestra vida en ventanas de tiempo muy cortas —semana a semana, día a día— el esfuerzo y los costos parecen gigantescos frente a resultados que todavía no se ven. Y eso desanima muchísimo.
Un ejemplo de cerca: este mismo podcast
Este podcast arrancó desde cero, en plataformas donde casi nadie me conocía. Semana tras semana publico episodios, y al mirar las estadísticas los números son tan bajos que deprimen. La mente pregunta: ¿vale la pena tanto esfuerzo para resultados que no se ven?
Si miro solo la semana, las pérdidas pesan mucho más y dan ganas de aflojar. Pero si levanto la cabeza y miro el propósito con el que arranqué este proyecto, el costo a corto plazo deja de ser una pérdida y se convierte en lo que realmente es: el precio de estar construyendo algo sólido. Como esos árboles frutales que tardan años en dar fruto —si dejás de cuidarlos porque todavía no ves nada, nunca vas a probar esa fruta.
Dos trampas más, disfrazadas de sensatez
Sin esa mirada amplia, es fácil caer en dos trampas cognitivas documentadas en investigaciones distintas: el sesgo del statu quo, que estudiaron William Samuelson y Richard Zeckhauser, y el sesgo de omisión, que estudiaron Jonathan Baron e Ilana Ritov. Este último es la tendencia a creer que si las cosas salen mal porque actuamos, somos culpables —pero si salen mal porque no hicimos nada, fue el destino.
Pasa con una moto o bicicleta guardada que ya no usás: te ofrecen menos de lo que esperabas por venderla, y decidís quedártela antes que “perder” esa diferencia. Y ahí queda, juntando polvo, perdiendo aún más valor, ocupando espacio —todo por no asumir una pérdida pequeña.
Pasa en la salud, cuando postergamos una consulta porque no queremos pagar el costo emocional de enterarnos de algo. Y pasa en casa, con ese placar lleno de objetos que “por las dudas” no soltamos, sin ver que ya estamos pagando un costo altísimo en desorden y carga mental.
Y disfrazamos todo esto de prudencia. Pero la prudencia real analiza los riesgos para tomar la mejor acción posible; cuando la usamos como pretexto para no movernos nunca, deja de ser una virtud y se convierte en una trampa de autoengaño.
¿En qué áreas de tu vida estás llamando prudencia a lo que en realidad es miedo a pagar el costo de hacer algo que sabés que tenés que hacer? En el episodio 8 de La Pausa seguimos con esto, y con una herramienta concreta para salir del limbo.
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Documentación
- Benartzi, S., & Thaler, R. H. (1995) — Myopic Loss Aversion and the Equity Premium Puzzle. The Quarterly Journal of Economics, 110(1), 73–92.
- Samuelson, W., & Zeckhauser, R. (1988) — Status Quo Bias in Decision Making. Journal of Risk and Uncertainty, 1(1), 7–59.
- Baron, J., & Ritov, I. (2004) — Omission bias, individual differences, and normality. Organizational Behavior and Human Decision Processes, 94(2), 74–85.
